Países que pierden cuando el caos deja de ser rentable

Puerto comercial casi vacío con grúas detenidas y contenedores inmóviles como símbolo del aislamiento económico

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Países que pierden cuando el caos deja de ser rentable

No todos los países pierden cuando hay desorden. Algunos, durante años, han conseguido convertirlo en un “modelo” (a veces explícito, a veces tácito): fronteras porosas, economías informales grandes, instituciones débiles y un ecosistema que permite operar en zonas grises.

El problema llega cuando ese caos deja de ser tolerado —o deja de compensar— para los actores que realmente mueven el tablero económico: inversores, aseguradoras, navieras, bancos corresponsales, cadenas de suministro y turismo internacional. En ese punto, el desorden pasa de ser un “ruido de fondo” a convertirse en un coste estructural que frena la inversión y encarece el funcionamiento de la economía.

Este artículo forma parte de una serie que analiza cómo la seguridad y la estabilidad impactan en el crecimiento desde una perspectiva económica. El punto de partida está aquí: El narco como coste económico: cuando la inseguridad frena el crecimiento.

Cuando el desorden funcionaba como “ventaja”

En economías pequeñas y con poca base productiva, el desorden puede parecer, durante un tiempo, una forma de “competir” en un mundo que exige capital, escala y reglas. Si no se puede atraer inversión formal por vías tradicionales, se atrae actividad por vías informales. Si no se puede ser un hub logístico estable, se acaba siendo un corredor de tránsito con incentivos perversos.

Hay tres mecanismos por los que ese caos llega a “funcionar”:

  • Rentas de intermediación: se cobra por dejar pasar, por facilitar, por mirar hacia otro lado.
  • Economía de supervivencia: capas enteras de la población dependen de lo informal para comer, trabajar o comerciar.
  • Ambigüedad regulatoria: permite operar sin trazabilidad plena, lo que atrae a actores que buscan opacidad.

El problema es que esto no es crecimiento: es una forma de ingresos frágiles que dependen de que el resto del sistema global siga tolerando esa ambigüedad.

El punto de giro: cuando las rutas grises se cierran

La economía global tiene una peculiaridad: no necesita “invadir” nada para castigar el caos. Basta con encarecerlo.

¿Cómo se encarece el caos? Con decisiones que parecen técnicas, pero que tienen efectos inmediatos:

  • Más requisitos de cumplimiento (compliance) para operar con bancos y proveedores.
  • Mayor escrutinio en seguros de mercancías y primas de riesgo logístico.
  • Controles adicionales en puertos y fronteras que ralentizan la cadena de suministro.
  • Restricciones de financiación y corresponsalía bancaria que cortan el oxígeno al comercio.

En entornos frágiles, ese tipo de cambios golpea como un martillo, porque la economía ya funciona con márgenes estrechos y poca resiliencia. El resultado suele ser el mismo: menos inversión, menos comercio formal y más encarecimiento del día a día.

Instituciones como el FMI llevan años analizando por qué los estados frágiles no despegan: Fragile States (FMI). La idea clave es simple: sin capacidad institucional mínima, el crecimiento sostenido es muy difícil.

El “impuesto invisible” de la inseguridad sobre la economía

Cuando se habla de inseguridad, suele pensarse en violencia, policía y criminalidad. Pero en economía, la inseguridad opera como un impuesto invisible que se cuela en todas partes:

  • Inversión: sube el coste de capital y baja el apetito por proyectos a largo plazo.
  • Turismo: reduce llegadas, baja la estancia media y limita el gasto en economía local.
  • Logística: encarece transporte, seguros y tiempos de entrega.
  • Talento: fuga de profesionales y caída de productividad por inestabilidad.

Este mismo mecanismo se ve en otros ámbitos: el turismo es un termómetro muy sensible al riesgo. En Emprender y Más ya se explicó cómo la geopolítica y la percepción de seguridad alteran flujos turísticos y oportunidades: Geopolítica e impulso del turismo.

La consecuencia práctica es que el país se vuelve más caro de operar, más difícil de asegurar y menos atractivo para proyectos de escala. Aunque el caos “genere dinero” para algunos, destruye valor para el conjunto.

Economías que vivían “entre bloques”

Algunas economías han sobrevivido durante años operando en un espacio intermedio: ni plenamente integradas en el sistema financiero global ni totalmente aisladas. Ese “entre” permite vivir de fricciones: reexportación, intermediación, informalidad, acuerdos opacos, rutas alternativas.

El problema es que el mundo, en ciclos de tensión, se vuelve menos tolerante con las ambigüedades. Y cuando eso pasa, estos países sufren por dos vías:

  • Se reducen las rutas grises (menos espacio para operar fuera del radar).
  • Se encarece la integración (más exigencias para volver al sistema formal).

El castigo económico no es un “castigo político”: es un efecto automático del riesgo. El dinero tiende a concentrarse donde puede operar con menos fricción.

El aislamiento como coste acumulativo

El aislamiento no suele llegar de golpe. Llega por acumulación: un banco corta una relación, una aseguradora sube primas, una naviera reduce rutas, una empresa pospone inversión, una aerolínea ajusta frecuencias. Cada decisión es pequeña. Sumadas, generan un efecto macro enorme.

El Banco Mundial tiene un marco muy claro para entender por qué la fragilidad se convierte en una trampa de crecimiento: Fragility, Conflict and Violence (Banco Mundial).

El patrón suele repetirse:

  • Menos divisas → menos importaciones → menos actividad.
  • Menos crédito → menos inversión → menos empleo formal.
  • Más informalidad → menos recaudación → menos capacidad estatal.

Y ahí aparece una paradoja: se necesita orden para atraer inversión, pero se necesita inversión para construir orden. Ese círculo vicioso es la razón por la que algunos países “se quedan atascados” durante décadas.

El contraste: “orden suficiente” y capital que regresa

La buena noticia es que el capital no exige perfección. Exige orden suficiente. No hace falta que desaparezca toda economía informal de un día para otro, ni que la institucionalidad sea impecable. Lo que cambia el juego es una señal creíble de estabilidad:

  • Reglas de propiedad claras.
  • Capacidad de hacer cumplir contratos.
  • Riesgo físico contenido.
  • Canales financieros relativamente operativos.

La OCDE, aunque no analice países “caso por caso” en esta lógica, sí ofrece una base útil para entender por qué la gobernanza y la previsibilidad se traducen en crecimiento: OECD – Governance.

En cuanto aparece “orden suficiente”, se abren tres palancas:

  • Retorno de capital: inversión local y diáspora vuelven a moverse.
  • Reentrada comercial: proveedores y compradores reducen fricción.
  • Turismo y servicios: se recuperan flujos que dependen de percepción.

En Emprender y Más ya se ha trabajado cómo las empresas pueden blindarse ante entornos inciertos, precisamente porque el riesgo geopolítico se está volviendo un factor empresarial más: Estrategias para blindar una pyme ante el riesgo geopolítico.

La idea incómoda: el caos “deja de pagar”

La tesis central es incómoda, pero muy útil para entender por qué algunos países pueden entrar en una fase de deterioro rápido: el caos puede generar rentas para grupos concretos, pero no es un modelo escalable. Cuando el sistema global decide que ese caos ya no compensa —por seguridad, por comercio o por reputación—, el país pierde la capacidad de monetizar sus zonas grises.

En ese momento, si no hay un giro hacia el orden suficiente, el resultado suele ser:

  • Más aislamiento y dependencia de pocos socios.
  • Menos inversión y más economía de subsistencia.
  • Más presión social, porque el país se vuelve más caro y menos estable.

El capital no es moral: es práctico. Y cuando el caos deja de ser rentable, el dinero se mueve. Esa es la realidad que explica por qué algunos países pierden cuando el desorden ya no sirve como “negocio”.

Preguntas frecuentes sobre caos, aislamiento y economía

¿Puede un país crecer con mucha informalidad?

Puede crecer durante un tiempo, pero la informalidad sostenida suele limitar la recaudación, la productividad y la inversión a largo plazo. El crecimiento se vuelve frágil y dependiente de factores externos.

¿Qué significa exactamente “orden suficiente”?

Un umbral mínimo de estabilidad y reglas claras para que el capital pueda operar: propiedad, contratos, seguridad física contenida y canales financieros funcionales.

¿Por qué el aislamiento afecta tanto al comercio?

Porque corta acceso a financiación, sube costes de seguros y limita rutas. No es solo un tema político: afecta directamente a logística, pagos y confianza empresarial.

¿Quién gana cuando el caos deja de ser rentable?

Los países y regiones que ofrecen previsibilidad mínima captan capital que huye del riesgo, atraen cadenas de suministro y recuperan turismo y servicios.

¿Se puede salir de la trampa de fragilidad sin inversión masiva?

Es difícil, pero algunos países avanzan con reformas focalizadas que reducen fricción: simplificación regulatoria, refuerzo de seguridad en nodos clave (puertos, corredores logísticos) y señales creíbles de estabilidad.

Imagen de David Martín Lorente

David Martín Lorente

Periodista madrileño de 36 años, especializado en el análisis de la tecnología, el emprendimiento y los negocios. Con una larga trayectoria en el ámbito tecnológico, David se especializa en desgranar las tendencias de mercado, los movimientos empresariales y cómo la innovación digital y tecnológica redefine el futuro de la economía, los negocios y el mundo que nos rodea. Su objetivo principal es transformar la complejidad del ecosistema tecnológico y empresarial en información clara y útil, buscando que la audiencia comprenda este mundo en constante cambio para su crecimiento tanto personal como profesional.

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